Muévanse vacas que la vida es corta
En el
cuarto donde siempre era un lunes de Marzo, donde el polvo y las polillas
parecían no existir fue donde ocurrieron los pormenores que llevaron a la
familia Buendía a su extinción.
José
Arcadio Buendía que tenía una gran curiosidad, apoyada por su gran amigo
Melquíades; se preguntaba y no se permitía dormir hasta encontrar usos para sus
grandes descubrimientos. Ya sea la influencia de la estera voladora en el
transporte, de la lupa enorme en la guerra o del hielo en los problemas de la
temperatura. Fundó Macondo junto veintiuna personas que lo acompañaron en la
travesía para intentar alejarse del recuerdo de Antonio Aguilar que lo
atormentaba en las noches, a quien mató luego de una pelea de gallos. Él
siempre se preocupó por el progreso y la igualdad de su pueblo, fue el
dirigente indiscutible.
Él solo,
con ayuda de los instrumentos regalados por Melquiades, realizó el
descubrimiento más grande que ocurriría en el pueblo: “La tierra es redonda” le
dijo a su familia, nadie lo tomó enserio, sobretodo su esposa Úrsula. Todas sus
especulaciones se tomaron como delirios. Los procesos como fundir oro le
generaban estupefacción tal como lo haría un niño, desperdiciaba cosas que para
la gente del común eran muy valiosas, soñaba todos los días, se dejaba llevar
por sus ilusiones hasta “estrellarse”
con la realidad. Luego de estudiar por años los archivos que Melquíades dejó
después de su “muerte” cayó en el limbo (por así decirlo, era el lugar de los reflejos
infinitos en el espejo), perdía el control al pensar en seguía siendo lunes y terminó amarrado en un árbol para protección
de la familia (ya que era muy fuerte y grande como lo fueron todos los hombres
de la familia), la gente parecía haberlo olvidado, y un día antes de su muerte
con un misticismo que es común en toda la obra llegó el indígena que huyó por
la peste del insomnio diciendo “Vengo al sepelio del rey” y así confirmó lo que
todos temían; el día en que José Arcadio Buendía murió llovieron flores
amarillas por todo el pueblo, tanto que trancaron las puertas y taparon las carreteras.
La peste
del insomnio fue un suceso gracioso. La gente que parecía no importarles el no
dormir trabajó sin descanso como hormigas y cumplieron todos los trabajos que
tenían acumulados. Luego comenzaron a olvidar el nombre de las cosas, a lo que
José Arcadio Buendía encontró una solución parcial que todos aceptaron: Poner
un letrero con el nombre a cada cosa,
Mesa, puerta, vaca. Luego ocurría lo
gracioso, olvidaban el uso de las cosas y optaron por poner el uso en el
letrero: Vaca hay que ordeñarla para obtener leche y la leche se usa para hacer
café con leche. Luego, para no infectar a los visitantes los hacían caminar
haciendo sonar una campanita “la campanita de los durmientes” algo que también me pareció gracioso. Un día
mientras la peste del insomnio
continuaba llegó un hombre con un sombrero de alas de cuervo, era Melquíades el
líder de la tribu de gitanos quien se creía que había muerto por una fiebre en
Singapur, miró con gracia los letreros que pusieron los Buendía para poder
recordar los objetos de su casa y luego él curó a todos los habitantes de Macondo de
la peste con un líquido parecido al ámbar que sacó de su maletín.
Melquíades
era un hombre sabio, un Alquimista trotamundos que descubrió la fórmula de la
vida eterna, cuando pereció por la fiebre en Singapur decidió volver porque le
molestaba la soledad de la muerte; fue algo muy épico, algo genial, algo que me
pareció que pertenecía a su voluntad. Él
siguió repitiendo “Morí por la epidemia en Singapur” (algo así) cuando
se le acercaba el día de partir del mundo físico. Fue la primera persona en ser
enterrada en Macondo. Luego de muerto,
siguió hablando con José Arcadio Buendía junto al castaño y luego muchos
años después con Aureliano Babilonia apareciéndose en la ventana del cuarto
donde estuvieron las bacinillas. Melquiades pronosticó la vida de la Familia
Buendía en sus pergaminos, codificó sus escritos, los pares de una manera y los
impares de otra, en su profecía decía que las familias que estuvieran
condenadas a 100 años de soledad no tenían segundas oportunidades en el mundo. Un
día cuando llegó el corregidor Apolinar Moscote acompañado de militares al
pueblo, José Arcadio Buendía se indignó de que estuviera obligando a la gente a
pintar las casas de azul, se dirigió a
su despacho y con seguridad le dijo “aquí la gente pinta la casa como se le dé
la gana”. José Arcadio Buendía le permitió que viviera en el pueblo, pero con
la condición de que no quisiera cambiar nada y que se fueran los militares, él
aceptó y se mudó con su esposa y sus 7 hijas a Macondo. Tiempo después Apolinar
logró convencer a la gente a pintar las casas. Años más tarde intentó volver
conservador al Coronel Aureliano Buendía pero este en cambió se volvió un
liberal que inició la guerra y levantó 32 revoluciones, perdiéndolas todas.
El
coronel Aureliano Buendía, fue el segundo hijo de la familia, no me parece
necesario relatar su historia pero sí que él se salvó de morir fusilado en el
muro del cementerio para morir fusilado por la nostalgia de sus recuerdos, que tanto había reprimido, en el castaño
donde su padre estuvo amarrado cuando llegó un circo a Macondo, el cual le
recordó los tiempos en los que venían los gitanos a cobrar por montarse en la
alfombra, por quitarse la dentadura postiza y a mostrar los avances que tanto
José Arcadio Buendía persiguió durante su vida.
Úrsula
cuando se casó con José Arcadio Buendía temía que sus hijos nacieran con cola
de cerdo, ya que eran primos, pero no fue así. Luego tuvo la idea de que el
ensimismamiento y la inmunidad que tenían ante las tragedias que tenían sus
hijos eran la cola de cerdo que el mito mencionaba y que ella había visto
cuando una tía suya que se casó con un sobrino tuvo un hijo con cola de cerdo
que luego un carnicero cortó ocasionándole la muerte. Pero ella mencionaba el
que tiempo daba vueltas ya que volvía a ver a los hombres encerrados en el
cuarto con los instrumentos de alquimia y hablando solos y se podría usar como
metáfora de las vueltas de la cola de un marrano.
Macondo
era una ciudad que le debía su apariencia a su lejanía con el mundo exterior.
Cada vez que alguien o algo llegaban, dependiendo de su actualidad y su
ambición, causaba su deterioro: La llegada de la religión, de la ideología
política (y la guerra consigo), la llegada de una compañía que intentó industrializarla
(y la masacre de 3000 habitantes, por la cual llovió 4 años seguidos) fueron
los acontecimientos que le quitaron su belleza y la dejaron vuelta en un sitio
en donde el tren ya ni siquiera paraba, donde la gente no sabía su historia,
llena de desigualdades, peleas de gallos, casas pintadas obligadamente y un
aire desolador.

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